Les saludo a todos con mucho cariño, deseando que la Paz del Niño Jesús reine
en sus corazones y en sus hogares. ¡Gloria a Dios en los cielos y en la Tierra paz a los
hombres de Buena Voluntad!
Les felicito a todos con ocasión de esta Navidad 2020, los invito a que juntos
contemplemos a Jesús, nacido en Belén, nacido de la Virgen María: «Hoy, en la ciudad
de David, nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor» (cf. Lc 2,10-11).
Queridos hermanos y hermanas, que por la pandemia del Covid-19 viven la
Navidad de manera distinta, todos en su propia casa: Dios se ha hecho hombre, ha
venido a habitar entre nosotros. Dios no está lejano: está cerca, más aún, es el
«Emmanuel», el Dios-con-nosotros. No es un desconocido: tiene un rostro, el de Jesús.
Cada Navidad y más en este tiempo especial de contingencia el mensaje de la
Navidad es un mensaje nuevo, siempre sorprendente, porque supera nuestras
expectativas y nos colma de esperanzas. Siendo conscientes de que no es sólo un
anuncio: es un acontecimiento, un suceso, todos nos podemos convertir en testigos
fiables que hemos visto, oído y tocado a la persona de Jesús de Nazaret. Al estar con
Él, observando lo que hace y escuchando sus palabras, reconocemos en Jesús al
Mesías; y, viéndolo resucitado después de haber sido crucificado, tenemos la certeza
de que Él, verdadero hombre, es al mismo tiempo verdadero Dios, el Hijo unigénito
venido del Padre, lleno de gracia y de verdad (cf. Jn 1,14).
«El Verbo se hizo carne». Ante esta revelación, vuelve a surgir una vez más en
nosotros la pregunta: ¿Cómo es posible? El Verbo Divino y la carne son realidades
opuestas; ¿cómo puede convertirse la Palabra eterna y omnipotente en un hombre
frágil y mortal? No hay más que una respuesta: el Amor. El que ama quiere compartir
con el amado, quiere estar unido a él, y la Sagrada Escritura nos presenta precisamente
la gran historia del amor de Dios por su pueblo, que culmina en Jesucristo.
En realidad, Dios no cambia: es fiel a sí mismo. El que ha creado el mundo es
el mismo que ha llamado a Abraham y que ha revelado el propio Nombre a Moisés:
Yo soy el que soy… el Dios de Abraham, Isaac y Jacob… Dios misericordioso y
piadoso, rico en amor y fidelidad (cf. Ex 3,14-15; 34,6). Dios no cambia, desde
siempre y por siempre es Amor. Es en sí mismo comunión, unidad en la Trinidad, y
cada una de sus obras y palabras tienden a la comunión. La encarnación es la cumbre
de la creación. Cuando, por la voluntad del Padre y la acción del Espíritu Santo, se
formó en el regazo de María Jesús, Hijo de Dios hecho hombre, la creación alcanzó
su cima. El principio ordenador del universo, el Logos, comenzó a existir en el mundo,
en un tiempo y en un lugar.
«El Verbo se hizo carne». La luz de esta verdad se manifiesta a quien la acoge
con fe, porque es un misterio de amor. Sólo los que se abren al amor son cubiertos
por la luz de la Navidad. Así fue en la noche de Belén, y así también es hoy que
experimentamos muchas noches, la noche de la pandemia, de la violencia, de la
pobreza, de la desesperanza…. La encarnación del Hijo de Dios es un acontecimiento,
en la noche del mundo se enciende una nueva luz, que se deja ver por los ojos
sencillos de la fe, del corazón manso y humilde de quien espera al Salvador. Dios es
la Verdad, y la Verdad es Amor que pide la fe, el «sí» de nuestro corazón.
«El Verbo se hizo carne». El anuncio de la Navidad es también luz para los
pueblos, para el camino conjunto de la humanidad para vernos como hermanos
como nos lo ha recordado el Papa Francisco en su reciente encíclica Fratelli tutti: El
«Emmanuel», el Dios-con-nosotros, ha venido como Rey de justicia y de paz. Su Reino
—lo sabemos— no es de este mundo, sin embargo, es más importante que todos los
reinos de este mundo. Es como la levadura de la humanidad: si faltara, desaparecería
la fuerza que lleva adelante el verdadero desarrollo, el impulso a colaborar por el
bien común, al servicio desinteresado del prójimo, a la lucha pacífica por la justicia.
Creer en el Dios que ha querido compartir nuestra historia es un constante estímulo
para comprometerse con la justicia y con la paz mediante el diálogo, Aquel que ha
nacido en Belén ha venido a liberar al hombre de la raíz de toda esclavitud, de toda
violencia y de toda injusticia.
Queridos hermanos que la luz de la Navidad resplandezca en todas nuestras
comunidades de fe y en toda la sociedad michoacana y guanajuatense. Que el anuncio
consolador de la llegada del Emmanuel alivie el dolor de todos los enfermos, en
especial los enfermos del Covid-19 y conforte a todas las familias que han perdido
seres queridos por este letal virus.
Que el nacimiento del Salvador nos abra caminos para ser constructores de paz
y reconciliación, y que nos impulse al diálogo y a la civilidad para que juntos nos
comprometamos a asegurar y respetar los derechos humanos.
Que la celebración del nacimiento del Redentor nos refuerce a todos el espíritu
de fe, paciencia y fortaleza, que perseveremos en la fidelidad a Cristo y a su Iglesia, y
nos mantenga viva la llama de la esperanza.
Queridos hermanos y hermanas, «el Verbo se hizo carne», ha venido a habitar
entre nosotros, es el Emmanuel, el Dios que se nos ha hecho cercano. Contemplemos
juntos este gran misterio de amor, dejémonos iluminar el corazón por la luz que brilla
en la gruta de Belén.
Entremos con los pastores en la cueva de Belén, bajo la mirada amorosa de
María, testigo silencioso del prodigioso nacimiento. Que ella nos ayude a vivir una
feliz Navidad; que ella nos enseñe a guardar en el corazón el misterio de Dios, que se
ha hecho hombre por nosotros; que ella nos guíe para dar al mundo testimonio de
su verdad, de su amor y de su paz.
Con mucho cariño y alegría les expreso mi cercanía y mi felicitación en esta
Navidad 2020, demos gracias a Dios y celebremos juntos estas fiestas, regocijémonos
porque el Hijo de Dios ha entrado en la historia. Su nacimiento es un brote de vida
nueva y esperanza para toda la humanidad en especial en estos momentos de
pandemia.
En este tiempo de Navidad animo al Sr. Cardenal Alberto Suárez Inda, a los
obispos eméritos, a mis obispos auxiliares, a los presbíteros, a los religiosos y religiosas,
a los fieles laicos, a las autoridades civiles y a las organizaciones e instituciones de toda
la sociedad, a que juntos reforcemos nuestros compromisos pastorales y sigamos
siendo tierra buena, mujeres y hombres de buena voluntad, que con nuestro
testimonio de vida y nuestro compromiso evangélico al servicio de nuestra
Arquidiócesis de Morelia y de la sociedad, sigamos anunciando alegres el Evangelio
para la esperanza, el amor, la verdad, la justicia y la paz en nuestro mundo de hoy.
Con mi oración, cariño y bendición.
En Cristo, Nuestra Paz
Carlos Garfias Merlos Arzobispo de Morelia
Vicepresidente de la CEM
Morelia Mich., A 24 de diciembre de 2020