Homilía
Misa Crisma
Saludo cordialmente al Emmo. Sr. Cardenal Alberto Suárez Inda, a mi obispo auxiliar Mons. Herculano Medina quien presidirá en esta Catedral el Triduo Pascual, a los obispos auxiliares eméritos, a todos ustedes hermanos sacerdotes venidos de las parroquias, rectorías, capellanías, colegios. A los sacerdotes ancianos y enfermos, a los que no han podido venir a Catedral por diversos motivos, a los sacerdotes religiosos y misioneros. A las religiosas y consagradas, a los jóvenes seminaristas que son la esperanza de nuestra Iglesia particular. A todos ustedes hermanos laicos, que son la “sal y la luz en el mundo” y que hacen presente la Iglesia en medio de la sociedad, también aquellos que se unen espiritualmente a esta Eucaristía por medio de las redes sociales y por TV, en especial por María Visión.


Estamos reunidos en torno al altar como sacerdotes porque todos formamos ese “Reino de sacerdotes para nuestro Dios”. Todos con el sacerdocio común de los fieles y, nosotros los presbíteros, además con el Sagrado Orden. Hoy nos encontramos reunidos en torno a la mesa del Señor como una manifestación de la comunión de la Iglesia.
Hoy en este encuentro fraterno quiero agradecer a todos ustedes su oración por mí durante mi enfermedad, tanto en los momentos críticos como en este proceso de rehabilitación.


Gracias a Dios, a Nuestra Señora de la Salud y al Venerable Vasco de Quiroga voy mejorando. En estos momentos me siento agradecido y siento una mejoría gracias a las oraciones de ustedes, de sus comunidades parroquiales y de todos aquellos que han elevado oraciones y sacrificios por mí….gracias también a todo el cuerpo médico que hicieron lo imposible por salvar mi vida…como ustedes saben tuve momentos críticos, difíciles, de incertidumbre… he tenido la experiencia del salmo que dice: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo, tu vara y tu cayado me dan seguridad”; y aquí estoy entre ustedes, he caminado en los últimos meses esas cañadas oscuras….he compartido la enfermedad de muchos de nuestros hermanos laicos y sacerdotes.


Gracias de verdad a todos los que han estado al pendiente de mí, al ahora Nuncio Apostólico de Bélgica, Franco Coppola, al Señor Cardenal Suárez, a mis obispos auxiliares, a los médicos, a mi familia, a todos ustedes…gracias por su preocupación y sobre todo gracias por pedir mi recuperación….síganme ayudando con su oración para continuar mi rehabilitación y ser para ustedes el Pastor que sepa conducir esta amada y querida Arquidiócesis.
Queridos hermanos, “La Misa Crismal, que el Obispo celebra con su presbiterio, y dentro de la cual consagra el santo crisma y bendice los demás óleos, es una manifestación de la comunión de los presbíteros con el propio Obispo” (OGMR, 157). Dios, en su infinita bondad, ha querido dejarnos por medio de signos sensibles realidades profundamente religiosas y espirituales que marcan la vida de todo cristiano. Signos sensibles como el agua, el aceite del olivo, el trigo para el pan y la uva para el vino son elementos de la naturaleza que nos comunican la nueva vida, el alimento, la fiesta y la alegría de los redimidos por el Señor.











A esta Eucaristía le llamamos Misa Crismal, porque se consagra el Santo Crisma. El aceite del olivo, que tiene un amplio significado: es alimento, medicina, embellece, prepara para la lucha y da vigor a nuestro cuerpo. El misterio del aceite está presente en nuestro nombre de“cristianos”, que viene dé Cristo (cfr. Hc 11, 220-21); cristiano quiere decir pertenecer a Cristo, el Ungido de Dios, aquel a quien Dios ha dado la realeza y el sacerdocio. Por esto, una vez que hemos sido ungidos o crismados, le pertenecemos al Señor, hemos sido cristificados para siempre.

Así lo hemos proclamado en la liturgia de la Palabra, la cual gira en torno al Espíritu Santo. En la primera lectura del profeta Isaías hemos escuchado: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido” (Is. 61,1). En el Evangelio de San Lucas, Jesús da cumplimiento a esta profecía (Lc. 4, 16-21).
Todos nosotros hemos recibido la unción del Espíritu Santo y hemos sido sellados con el Crisma en el bautismo y la confirmación. Somos, como lo dice la segunda lectura, un “Reino de sacerdotes para Dios, pueblo santo y consagrado, asamblea santa, nación consagrada”. Juntos recibimos de Cristo la misión de llevar a los pobres la buena nueva, anunciar la liberación a los cautivos, especialmente aquellos que son prisioneros y esclavos de sus propios pecados y no quieren convertirse, la curación a los ciegos, aquellos que no quieren aceptar la luz de la fe, los que viven en la oscuridad de su soberbia y rebeldía, dar la libertad a los oprimidos por el peso de sus pecados, y “proclamar el año de gracia del Señor”.

Queridos sacerdotes tenemos la fuerza para despertar, renovar, acrecentar y comunicar nuestra fe a los alejados, desanimados, dormidos e indiferentes a la fe. Como nuestro Señor, vayamos en medio de este mundo descristianizado, con muchos actos de violencia, con muchas víctimas de la violencia… anunciemos con gozo la alegría del Evangelio. Digamos: el Espíritu del Señor está sobre mí y me envía a la misión, a anunciar con mis obras el año de Gracia del Señor.

Como Pastor propio de esta Arquidiócesis y a nombre de todos los fieles laicos quiero agradecerles profundamente el trabajo y servicio que ustedes realizan en las distintas parroquias, rectorías, capellanías y otros servicios diocesanos. Con mi corazón abierto a ustedes les expreso mis sinceros sentimientos de aprecio y gratitud. Son ustedes, quienes con la fuerza del Espíritu Santo, llevan adelante la tarea de la evangelización y de la sinodalidad eclesial.

Como sabemos, en la actualidad se ha vivido y se siguen viviendo muchos actos de violencia, masacres, guerra, homicidios…Hoy más que nunca tenemos que solidarizarnos con los que más sufren la grave crisis de violencia e inseguridad, e invitar a nuestras comunidades a tener gestos de solidaridad y caridad con ellos. No podremos ser una Iglesia renovada, revitalizada y reavivada en Cristo, nuestra paz, si no recuperamos la vivencia dinámica y transformadora de nuestra vocación. Acerquémonos a los jóvenes, monaguillos, niños/niñas y aquellos que más necesitan de nuestra persona. Que nuestro corazón de pastor nos lleve a encontrar la felicidad en el servicio diario.
Les suplico reavivar el magnífico don que hemos recibido el día de nuestra ordenación, para ser fieles a ese ministerio recibido. Esta celebración en la que renovaremos nuestras promesas sacerdotales, nos llama a una conversión renovada, como siempre es nuevo el sacerdocio ministerial, nuevas han de ser nuestras actitudes, según Cristo Buen Pastor, hemos de convertirnos a la propia identidad de Cristo Cabeza y Esposo de la Iglesia. Cada día tenemos que entrar en los misterios que celebramos, especialmente la Eucaristía.

Como saben, nuestra Arquidiócesis ha emprendido el “Proceso para nuestra XII Asamblea Diocesana de Pastoral” que se llevará a cabo en el mes de noviembre. Asamblea que tiene como tema: “Caminar juntos, escuchando y dialogando como Pueblo de Dios, para renovar y revitalizar la evangelización en nuestra Arquidiócesis de Morelia”. Los invito a que juntos nos esforcemos por participar en las distintas etapas o pasos de este proceso y llevemos esta renovación pastoral con los sentimientos y actitudes del Corazón de Cristo Sacerdote, para que en Cristo, nuestra paz, reavivemos la pastoral diocesana.

Pongo en manos de nuestra Madre, Nuestra Señora de la Salud, de San Bernabé de Jesús Méndez Montoya y del Venerable Tata Vasco de Quiroga las necesidades de nuestra querida Arquidiócesis de Morelia, sobre todo, a todo el presbiterio arquidiocesano, para que trabajemos juntos por la paz, la unidad, la comunión, la sinodalidad y el anuncio del Evangelio.
¡Felicidades a todos ustedes por su sacerdocio!
En Cristo, nuestra Paz
+ Carlos Garfias Merlos
Arzobispo de Morelia























