Mañana, tercer domingo de junio, se festeja el Día del Padre y los saludo a todos
con mucho cariño en Cristo, nuestra Paz, en especial a los padres de familia en su día.
Ser Padre es una de las experiencias más maravillosas que tiene el ser humano en
la vida, pues a través del don de la paternidad, se es capaz de dar vida física y dar vida en
la mente y el corazón de los hijos influyendo en gran medida en la educación de los hijos y
en su bienestar. Hoy, tercer domingo de junio, Día del padre, quiero hacer un
reconocimiento especial a todos los padres de familia que con responsabilidad y amor
participan en la educación y felicidad de sus hijos.
Queridos padres de familia los invito a no decaer en sus labores y ser un bello
testimonio de alegría, amor y fe para sus hijos y sus esposas. El hombre participará con
responsabilidad y alegría su paternidad. Lo cual no significa ser únicamente proveedor de
lo material en el hogar sino ayudar y compartir con la madre las responsabilidades del hogar
y de los hijos. Muchos matrimonios son animados por el amor y fortalecidos por la fe, luchan,
incluso con heroísmo, por el bien, la educación y la formación de sus hijos e hijas.

Por eso hoy invito a todos los papás a trasmitir con amor, alegría y entrega el don de
la paternidad que Dios les ha regalado, les pido que en unidad de amor a su esposa,
eduquen con sentido de Dios a sus hijos e hijas, sean ejemplo de amor y testigos alegres y
confiables de la fe en sus hogares.
Felicito pues a todos los padres y les invito a reflexionar sobre su papel en la familia,
a analizar la calidad del tiempo que dedican a jugar con sus hijos, la comunicación que
tienen con ellos y la manera en que impulsan sus cualidades y dones.
A los hijos, los invito para que valoren a sus padres y no sólo en este día, sino todo
el tiempo, les muestren su cariño, afecto, amor y gratitud por el don de la vida. ¡Felicidades,
Papás!

EL REFUGIADO EN TIEMPOS AÚN DE PANDEMIA
Cada 20 de junio la ONU celebra el Día Mundial del Refugiado. Recordemos que los
refugiados son personas que huyen del conflicto, la persecución y de la pobreza. Su condición
y su protección están definidas por el derecho internacional, y no deben ser expulsadas o
devueltas a situaciones en las que sus vidas y sus libertades corran riesgo.
Conflictos violentos, auténticas guerras y pobreza extrema no cesan de lacerar la
humanidad; es difícil superar los desequilibrios económicos y sociales, tanto a nivel local como
global. Y son los pobres y los desfavorecidos quienes más sufren las consecuencias de esta
situación. Vivimos en un mundo donde la violencia, la pobreza y las crisis de políticas públicas
obliga a miles de familias a abandonar sus hogares para salvar sus vidas y encontrar una vida
más digna y humana.

El Papa Francisco ha tomado el tema para este 2021 “Hacia un nosotros cada vez más
grande”. La historia de la salvación ve un “nosotros” al inicio y un “nosotros” al final, y en el
centro, el misterio de Cristo, muerto y resucitado para «que todos sean uno» (Jn 17,21). El
tiempo presente, sin embargo, nos muestra que el “nosotros” querido por Dios está roto y
fragmentado, herido y desfigurado. Y esto tiene lugar especialmente en los momentos de
mayor crisis, como ahora por la pandemia. Los nacionalismos cerrados y agresivos (cf. Fratelli
Tutti, 11) y el individualismo radical (cf. ibid.., 105) resquebrajan o dividen el “nosotros”, tanto
en el mundo como dentro de la Iglesia. Y el precio más elevado lo pagan quienes más
fácilmente pueden convertirse en los otros: los extranjeros, los migrantes, los marginados, que
habitan las periferias existenciales.
En realidad, todos estamos en la misma barca y estamos llamados a comprometernos
para que no haya más muros que nos separen, que no haya más otros, sino sólo un “nosotros,
grande” como toda la humanidad.
La Iglesia está llamada a salir a las calles de las periferias existenciales para curar a
quien está herido y buscar a quien está perdido, sin prejuicios o miedos, sin proselitismo, pero
dispuesta a ensanchar el espacio de su tienda para acoger a todos. Entre los habitantes de las
periferias encontraremos a muchos migrantes y refugiados, desplazados y víctimas de la trata,
a quienes el Señor quiere que se les manifieste su amor y que se les anuncie su salvación.
Somos una sola humanidad, compañeros del mismo viaje, hijos e hijas de esta misma
tierra que es nuestra casa común, todos hermanos y hermanas (cf. Fratelli Tutti, 8).
Caminemos juntos hacia un nosotros cada vez más grande, a recomponer la familia humana,
para construir juntos nuestro futuro de justicia y de paz.
En Cristo, nuestra Paz
Carlos Garfias Merlos
Arzobispo de Morelia
Vicepresidente de la CEM
Vicepresidente del CIM
Presidente del CMCPR